Desde su debut en Cali en 1992, Colombia se ha convertido en una parada obligada de todas las giras latinoamericanas de Rata Blanca. Su éxito en el país ha sido tal que solo en Bogotá se cuentan 34 presentaciones, y es de las pocas bandas de metal que puede permitirse realizar giras por varias ciudades sin temor a sufrir pérdidas. Tanto así que los fans damos por sentada la presencia de Rata Blanca en Colombia cada vez que anuncian una gira por Latinoamérica. Menos de un año después de su último concierto en Bogotá, la cita sería el 7 de agosto en el Royal Center, en la gira del trigésimo quinto aniversario del legendario Magos, espadas y rosas, con el llamativo detalle de haber conseguido agotar toda la boletería con más de dos meses de antelación, algo que muchas bandas con más prestigio y renombre mundial logran con dificultad o simplemente no consiguen con un público tan esquivo y exigente como el metalero bogotano.
La noche llegó al Royal Center. Entre los asistentes que pude observar me llamó gratamente la atención ver que la audiencia de Rata Blanca sigue siendo heterogénea: desde veteranos que seguramente llevan escuchándolos desde los tiempos de las casetas de música pirata de la 19 hasta adolescentes que hoy, como ayer, se introducen al mundo del rock y el metal de la mano de sus letras y melodías. Esto refrenda el innegable hecho de que la banda de Bajo Flores es una institución del metal cantado en español, y que su vigencia está garantizada tanto hoy como en 1990.
La fría y lluviosa espera en una fila de más de dos cuadras se agravó con una requisa lenta, justificada —según la logística— por los desmanes ocurridos el día anterior en un concierto de Damas Gratis. La comparación resultaba absurda: lo único que ambas bandas comparten es el origen argentino, pero parece más fácil aplicar mano dura a un público maduro y tranquilo, todavía marcado por prejuicios contra el metal.
El concierto, previsto para las 9:00 p.m. y sin telonero, comenzó a retrasarse sin explicaciones claras. A las 9:45, el anuncio de un retraso adicional por problemas de vuelo desde Cali llegó demasiado tarde para un público ya mojado, cansado y con compromisos al día siguiente. La organización no podía evitar el contratiempo, pero sí haberlo comunicado antes.
Finalmente, sobre las 11:10 p.m., las luces del escenario se apagaron y Walter Giardino, Adrián Barilari, Danilo Moschen, Juan Pablo Massanisso y Alan Fritzler salieron a escena con Hijos de la tempestad, uno de sus temas más recientes y, en mi opinión, sin la energía suficiente para abrir un concierto. Sin embargo, la ejecución de Rata Blanca es siempre impecable. Además, contaban con un juego de luces LED y una pantalla de alta definición al fondo, donde se proyectaban imágenes acordes a cada canción, algo de lo mejor que he visto en eventos este año. Poco a poco, el arranque fue borrando el amargor de la espera. Y quien sigue a Rata Blanca sabe que sus conciertos no terminan de empezar hasta que suena Solo para amarte, así que las primeras notas del inconfundible intro de esta joya de su primer trabajo terminaron de encender los ánimos. Durante toda la canción, el público bogotano coreó intro, letra y pasajes instrumentales como si fuera la primera vez que la escuchaba en directo.
Tras estas dos canciones, Barilari tomó el micrófono y, por encima de todo, ofreció disculpas por el retraso, dando explicaciones que para ese momento resultaban innecesarias, y prometió compensar la espera con rock and roll. Acto seguido, sonó la intro de Volviendo a casa, y nuevamente las voces de los 4.500 asistentes fueron un coro de inicio a fin con este tema de El camino del fuego, que este año cumple 23 años.
Rata Blanca maneja un setlist base durante sus giras que contempla gran parte de su discografía: los grandes éxitos que siempre funcionan en vivo. Quienes los hemos visto varias veces lo sabemos y aceptamos que difícilmente habrá sorpresas. Sin embargo, para mí, que los veía por cuarta vez, fue una grata sorpresa escuchar por primera vez en vivo El sueño de la gitana, poderosa joya de su primer álbum, que siempre había añorado oír en la voz de Barilari. El sueño, por fin, se me hizo realidad.
Barilari volvió a tomar la palabra para desear un feliz cumpleaños a Bogotá, resaltando la importancia de la ciudad para la banda y lo honrados que se sentían de verla llena una vez más. Acto seguido, Alan Fritzler marcó con su batería el inicio de El beso de la bruja. En consonancia con el motivo de la gira, los fans de Magos, espadas y rosas no pudimos estar más felices con este tema tan enérgico e infravalorado frente a los dos singles que lanzaron a la banda al estrellato.
Tras esa contundencia, Giardino tocó un solo que fue bajando de intensidad hasta enlazar con el punteo de Talismán, quizá el clásico más reciente, perteneciente a El reino olvidado, que el público bogotano sintió de inicio a fin. Luego vino Rock es rock! (lanzada apenas hace un año), que aumentó la energía tras la emotividad de la balada, para retomar la contundencia con El círculo de fuego, también de El reino olvidado, una muestra de la destreza de Giardino con punteos memorables y el toque neoclásico que caracteriza ese álbum.
Después, Giardino cambió su famosa Fender Stratocaster por una Telecaster blanca y ejecutó un solo pausado junto a Moschen, con un fondo melódico que derivó en un arpegio con el que conectó Ella, la balada de su álbum VII, que suele ser cantada por el público más que por Barilari. Esta vez no fue la excepción: muchos, incluso sin voz, la entonamos de principio a fin. Retomando Magos, espadas y rosas, siguieron Días duros y El camino del sol, ambas primicias para mí y verdaderas joyas que deberían aparecer más seguido.
Llegó entonces el saludo de Giardino, quien, al igual que Barilari, ofreció disculpas por la espera, agradeció el aguante y reiteró el amor de la banda por Colombia, afirmando que Bogotá es también su casa. Cerró diciendo: “Esta canción es de ustedes” para dar inicio a Mujer amante, responsable quizá de introducir a muchos al mundo de Rata Blanca y del metal, canción que adolescentes han dedicado (o piensan dedicar) y que para muchos adultos evoca la nostalgia de los primeros días, tanto en el metal como en el amor. Como era de esperarse, el público bogotano la cantó a una sola voz. Sin pausa, siguió Guerrero del arco iris, recordándonos que Magos, espadas y rosas fue solo el inicio de una historia escrita con virtuosismo, letras profundas, voces potentes y profesionalismo. Tras estos dos temas, las luces se apagaron para el tradicional encore.
Tras dos minutos de receso, la banda volvió para interpretar Rock and Roll hotel —la verdadera sorpresa de la noche—, de su último álbum Tormenta eléctrica (ya con 10 años). Aunque no es de mis favoritos, fue una elección acertada para ir cerrando con buen ambiente tras casi dos horas de show. Luego, Giardino atacó el riff inconfundible de Aún estás en mis sueños, joya de La llave de la puerta secreta e infaltable en sus presentaciones.
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| Rata Blanca oficial |
Finalmente, ya a la una de la madrugada, llegó La leyenda del hada y el mago. Los primeros versos fueron cantados por el público antes de que Barilari, con su característica voz potente, tomara el relevo. Giardino interpretó a la perfección su solo más famoso, cerrando así una presentación inolvidable que hizo que las dos horas de espera valieran la pena y que la lluvia y el día laboral que llegaría sólo unas horas después dejaran de importar.
Así terminó una presentación más de Rata Blanca en Bogotá, quizás la mejor de los últimos años, de una banda que una vez más lo dio todo en el escenario y compensó con su actuación cada contratiempo extramusical que intentó amargar la noche del 7 de agosto.
El sonido, las luces, la puesta en escena, el virtuosismo de Walter Giardino, el talento de Adrián Barilari, un setlist sorprendente y un público inmejorable terminaron triunfando. Fue un concierto que quedará grabado en la memoria de 4.500 fans que, como muchos otros, salieron del Royal Center con ganas de más. Porque en cada presentación que Rata Blanca ofrece en Bogotá, tanto ellos como nosotros sentimos que, con su música, una vez más estamos volviendo a casa.


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