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martes, 12 de agosto de 2025

Reseña: Rata Blanca: XXXV años de Magos, espadas y rosas y la reconquista de Bogotá

 Desde su debut en Cali en 1992, Colombia se ha convertido en una parada obligada de todas las giras latinoamericanas de Rata Blanca. Su éxito en el país ha sido tal que solo en Bogotá se cuentan 34 presentaciones, y es de las pocas bandas de metal que puede permitirse realizar giras por varias ciudades sin temor a sufrir pérdidas. Tanto así que los fans damos por sentada la presencia de Rata Blanca en Colombia cada vez que anuncian una gira por Latinoamérica. Menos de un año después de su último concierto en Bogotá, la cita sería el 7 de agosto en el Royal Center, en la gira del trigésimo quinto aniversario del legendario Magos, espadas y rosas, con el llamativo detalle de haber conseguido agotar toda la boletería con más de dos meses de antelación, algo que muchas bandas con más prestigio y renombre mundial logran con dificultad o simplemente no consiguen con un público tan esquivo y exigente como el metalero bogotano. 

La noche llegó al Royal Center. Entre los asistentes que pude observar me llamó gratamente la atención ver que la audiencia de Rata Blanca sigue siendo heterogénea: desde veteranos que seguramente llevan escuchándolos desde los tiempos de las casetas de música pirata de la 19 hasta adolescentes que hoy, como ayer, se introducen al mundo del rock y el metal de la mano de sus letras y melodías. Esto refrenda el innegable hecho de que la banda de Bajo Flores es una institución del metal cantado en español, y que su vigencia está garantizada tanto hoy como en 1990. 

La fría y lluviosa espera en una fila de más de dos cuadras se agravó con una requisa lenta, justificada —según la logística— por los desmanes ocurridos el día anterior en un concierto de Damas Gratis. La comparación resultaba absurda: lo único que ambas bandas comparten es el origen argentino, pero parece más fácil aplicar mano dura a un público maduro y tranquilo, todavía marcado por prejuicios contra el metal. 

El concierto, previsto para las 9:00 p.m. y sin telonero, comenzó a retrasarse sin explicaciones claras. A las 9:45, el anuncio de un retraso adicional por problemas de vuelo desde Cali llegó demasiado tarde para un público ya mojado, cansado y con compromisos al día siguiente. La organización no podía evitar el contratiempo, pero sí haberlo comunicado antes.  

Finalmente, sobre las 11:10 p.m., las luces del escenario se apagaron y Walter Giardino, Adrián Barilari, Danilo Moschen, Juan Pablo Massanisso y Alan Fritzler salieron a escena con Hijos de la tempestad, uno de sus temas más recientes y, en mi opinión, sin la energía suficiente para abrir un concierto. Sin embargo, la ejecución de Rata Blanca es siempre impecable. Además, contaban con un juego de luces LED y una pantalla de alta definición al fondo, donde se proyectaban imágenes acordes a cada canción, algo de lo mejor que he visto en eventos este año. Poco a poco, el arranque fue borrando el amargor de la espera. Y quien sigue a Rata Blanca sabe que sus conciertos no terminan de empezar hasta que suena Solo para amarte, así que las primeras notas del inconfundible intro de esta joya de su primer trabajo terminaron de encender los ánimos. Durante toda la canción, el público bogotano coreó intro, letra y pasajes instrumentales como si fuera la primera vez que la escuchaba en directo. 



Tras estas dos canciones, Barilari tomó el micrófono y, por encima de todo, ofreció disculpas por el retraso, dando explicaciones que para ese momento resultaban innecesarias, y prometió compensar la espera con rock and roll. Acto seguido, sonó la intro de Volviendo a casa, y nuevamente las voces de los 4.500 asistentes fueron un coro de inicio a fin con este tema de El camino del fuego, que este año cumple 23 años. 

Rata Blanca maneja un setlist base durante sus giras que contempla gran parte de su discografía: los grandes éxitos que siempre funcionan en vivo. Quienes los hemos visto varias veces lo sabemos y aceptamos que difícilmente habrá sorpresas. Sin embargo, para mí, que los veía por cuarta vez, fue una grata sorpresa escuchar por primera vez en vivo El sueño de la gitana, poderosa joya de su primer álbum, que siempre había añorado oír en la voz de Barilari. El sueño, por fin, se me hizo realidad. 

Barilari volvió a tomar la palabra para desear un feliz cumpleaños a Bogotá, resaltando la importancia de la ciudad para la banda y lo honrados que se sentían de verla llena una vez más. Acto seguido, Alan Fritzler marcó con su batería el inicio de El beso de la bruja. En consonancia con el motivo de la gira, los fans de Magos, espadas y rosas no pudimos estar más felices con este tema tan enérgico e infravalorado frente a los dos singles que lanzaron a la banda al estrellato. 

Tras esa contundencia, Giardino tocó un solo que fue bajando de intensidad hasta enlazar con el punteo de Talismán, quizá el clásico más reciente, perteneciente a El reino olvidado, que el público bogotano sintió de inicio a fin. Luego vino Rock es rock! (lanzada apenas hace un año), que aumentó la energía tras la emotividad de la balada, para retomar la contundencia con El círculo de fuego, también de El reino olvidado, una muestra de la destreza de Giardino con punteos memorables y el toque neoclásico que caracteriza ese álbum. 

Después, Giardino cambió su famosa Fender Stratocaster por una Telecaster blanca y ejecutó un solo pausado junto a Moschen, con un fondo melódico que derivó en un arpegio con el que conectó Ella, la balada de su álbum VII, que suele ser cantada por el público más que por Barilari. Esta vez no fue la excepción: muchos, incluso sin voz, la entonamos de principio a fin. Retomando Magos, espadas y rosas, siguieron Días duros y El camino del sol, ambas primicias para mí y verdaderas joyas que deberían aparecer más seguido. 

Llegó entonces el saludo de Giardino, quien, al igual que Barilari, ofreció disculpas por la espera, agradeció el aguante y reiteró el amor de la banda por Colombia, afirmando que Bogotá es también su casa. Cerró diciendo: “Esta canción es de ustedes” para dar inicio a Mujer amante, responsable quizá de introducir a muchos al mundo de Rata Blanca y del metal, canción que adolescentes han dedicado (o piensan dedicar) y que para muchos adultos evoca la nostalgia de los primeros días, tanto en el metal como en el amor. Como era de esperarse, el público bogotano la cantó a una sola voz. Sin pausa, siguió Guerrero del arco iris, recordándonos que Magos, espadas y rosas fue solo el inicio de una historia escrita con virtuosismo, letras profundas, voces potentes y profesionalismo. Tras estos dos temas, las luces se apagaron para el tradicional encore. 

Tras dos minutos de receso, la banda volvió para interpretar Rock and Roll hotel —la verdadera sorpresa de la noche—, de su último álbum Tormenta eléctrica (ya con 10 años). Aunque no es de mis favoritos, fue una elección acertada para ir cerrando con buen ambiente tras casi dos horas de show. Luego, Giardino atacó el riff inconfundible de Aún estás en mis sueños, joya de La llave de la puerta secreta e infaltable en sus presentaciones. 

Rata Blanca oficial


Finalmente, ya a la una de la madrugada, llegó La leyenda del hada y el mago. Los primeros versos fueron cantados por el público antes de que Barilari, con su característica voz potente, tomara el relevo. Giardino interpretó a la perfección su solo más famoso, cerrando así una presentación inolvidable que hizo que las dos horas de espera valieran la pena y que la lluvia y el día laboral que llegaría sólo unas horas después dejaran de importar. 

Así terminó una presentación más de Rata Blanca en Bogotá, quizás la mejor de los últimos años, de una banda que una vez más lo dio todo en el escenario y compensó con su actuación cada contratiempo extramusical que intentó amargar la noche del 7 de agosto. 

El sonido, las luces, la puesta en escena, el virtuosismo de Walter Giardino, el talento de Adrián Barilari, un setlist sorprendente y un público inmejorable terminaron triunfando. Fue un concierto que quedará grabado en la memoria de 4.500 fans que, como muchos otros, salieron del Royal Center con ganas de más. Porque en cada presentación que Rata Blanca ofrece en Bogotá, tanto ellos como nosotros sentimos que, con su música, una vez más estamos volviendo a casa. 

jueves, 31 de julio de 2025

Reseña: Kraken en Bogotá, la historia que aún se escribe

Tras una gira de cinco fechas por España —que, si mi memoria no me falla, fue la primera vez que llevó a Kraken a tocar en tierras europeas—, la banda más grande del metal colombiano volvía a poner los pies sobre esta tierra. El reencuentro con sus compatriotas tendría lugar en el Lourdes Music Hall el 25 de julio. Como no podía ser de otra manera, la confusión respecto a la fecha del concierto tuvo en vilo a varios fans —incluyéndome a mí—, que no sabíamos bien cómo organizar nuestros calendarios para cumplir la cita con el titán del rock nacional una vez más.

Sin embargo, una vez superado el impasse, y con una boletería que —hasta donde sé— se antoja exitosa, el regreso de Kraken a los escenarios bogotanos prometía ser el momento de refrendar el éxito cosechado en Europa ante los esquivos —y a veces ingratos— fans de la capital.

La noche comenzó con Royal Project, unos conocidos de la escena bogotana que cumplieron muy bien su función de calentar los ánimos. Como buenos amantes del rock, el público disfrutó de la actuación de estos expertos en tributar los clásicos del género, haciendo más llevadera la espera.

A las 11:50 p. m., tal como indicaba el programa, las luces se apagaron. Rubén Gelves, Julián Puerto, Andrés Ramírez, Ricardo Wolff y Andrés Leiva salieron al escenario. De inmediato, todos reconocimos el intro del primer tema de la noche: el piano que da inicio a Palabras que sangran. Roxanna Restrepo, llevando la melodía con la voz, nos invitó a unirnos al canto mientras las guitarras se sumaban a la interpretación. Cuando todos los instrumentos se acoplaron y estalló la canción, Roxanna apareció en escena con su presencia inconfundible y la energía necesaria para completar el grupo que haría del 25 de julio una noche inolvidable, y del 26, un comienzo perfecto.

La interacción entre Roxanna y el público fue constante durante toda la noche. Y qué decir del épico estribillo de Palabras que sangran: no hay mejor momento para ubicarlo que al principio del concierto, cuando las voces aún están intactas para gritar sin miedo y entregarnos por completo al vuelo musical que supone ver a Kraken en vivo.

La cita apenas comenzaba, y Roxanna ya lanzaba la pregunta que todos los fans de Kraken llevamos esperando más de 20 años responder en cada concierto: «¿De qué cosa no quiero que me hables, Bogotá?» Por supuesto, las voces estaban listas para corear No me hables de amor, que nos devolvió 38 años atrás hasta el Kraken I. Inmediatamente después llegó Aves negras, en mi opinión uno de los temas más exigentes en cuanto a voz y progresiones rítmicas, interpretado con el respaldo de un público completamente entregado tras ese arranque con tres clásicos imprescindibles de la banda.

Luego Roxanna tomó la palabra para contarnos que venían de una gira por España defendiendo su más reciente álbum, Kraken VII: Los pasos del titán, y que compartirían también ese nuevo material con el público bogotano. Así llegó Sombra desnuda, la primera canción original de Kraken que Roxanna interpretó hace alrededor de cinco años. Fue grato ver a tanta gente coreándola —yo el primero— con el mismo entusiasmo que los clásicos. Después, la banda nos regaló una de las canciones que más disfruto en vivo desde la llegada de Roxanna, Cuervo de sal, una joya del Humana deshumanización que han sabido incorporar en un repertorio lleno de verdaderos himnos. Quiero creer que los músicos de Kraken también han aprendido a disfrutar tocar esa canción tanto como yo escuchándola y, siendo así, espero que la sigan tocando en todas sus presentaciones. Pero a los fans nos gustan los clásicos. Kraken lo sabe, y por eso la siguiente fue nuevamente un viaje al Kraken I con la contundente Escudo y espada.

Tomada de: Facebook oficial de Kraken

Para no perder la energía retomada con Escudo y espada, la séptima canción de la noche fue la más contundente de su Kraken VII, Hombre mito, hombre leyenda. Sobra decir que fue una interpretación impecable de los músicos y un desempeño vocal de Roxanna Restrepo que hacían olvidar que esa voz había pasado del verano mediterráneo a la altura bogotana en cuestión de días.

Después, para tomar un poco aire sin perder impulso, Roxanna reflexionó sobre los momentos difíciles y los buenos maestros que pueden llegar a ser. Entonces anunció que tocarían Sin miedo al dolor, y Luis Ramírez hizo sonar el famosísimo intro. El Lourdes Music Hall fue una sola voz durante el coro de esta canción que, con el tiempo, ha logrado abrirse un lugar entre los clásicos de la banda.

Y hablando de clásicos, Frágil al viento lo es por méritos propios. No creo que haya un momento de mayor comunión entre la banda y los fans. No importa si la tocan al inicio, a la mitad o al final: la voz del público está presente de principio a fin. Y no es para menos. Esta canción nos recuerda que, más allá del desamor, lo que duele no es que los romances terminen, sino que terminan, que no volverán, y que todo lo dado, vivido y sentido se va. Ya la madrugada del 26 de julio era testigo de esa voz colectiva, entregada a esta balada tan sentida como admirada.

Aprovechando ese momento de emotividad, Roxanna agradeció al público bogotano y comenzó a cantar a capella: «No vivas para ser por temor la presa de otros sueños, se vive una vez para ser eternamente libre». De inmediato, la banda acompañó los acordes de la eterna Muere libre, marcando el tránsito entre la emotividad y el festejo absoluto. Yo, que hace 20 años llegaba del colegio a poner Kraken: Huella y camino en la grabadora de mi casa, siempre he sentido que cuando llega Muere libre, llega el fin del concierto. Así que mi emoción venía acompañada de cierto desconcierto, apenas habían tocado 10 canciones. Era tarde, sí, pero no lo suficiente. Todos podíamos dar más si Kraken nos lo permitía. La canción terminó y el escenario se apagó. Afortunadamente, el susto fue solo eso: un susto.

Tras un par de minutos, la banda regresó anunciando el tramo final de su presentación. Lo importante era que la música seguía. Tocaron El silencio del marfil, la primera canción del Kraken VII, y para mí la más completa y disfrutable del álbum, una muestra del virtuosismo individual de cada miembro, que juntos logran crear piezas tan memorables como esta. Le siguió Flores de trébol, una canción contundente y que siempre que escucho quisiera cantarla y escucharla aún más fuerte, ya con la voz maltrecha por las 11 canciones previas los asistentes del Lourdes Music Hall lo dimos todo en una canción que merece ser cantada por todos, que nadie se quede callado mientras esta suena.

Nuevamente las luces del escenario se apagaron, esta vez por un periodo más breve de tiempo. Después, sólo se iluminó el teclado y Rubén Gelves hacía sonar los primeros acordes de Vestido de cristal, quizás la introducción a Kraken de todos sus fans, la canción más conocida de la banda y, por supuesto, un himno que recordaba la trascendencia de Kraken a través del tiempo y de los músicos. La esencia, la creatividad y el legado de Elkin Ramírez estaban en el Lourdes Music Hall esa madrugada, y los fans lo estábamos presenciando y honrando.


Después llegó otra balada: No importa que mientas, del Kraken VI, grabada por Elkin mientras luchaba contra su enfermedad. Es una de las más emotivas de su repertorio, y el público la recibió con respeto y emoción. Si alguien dudaba de que este bloque de canciones era un homenaje a Elkin, los acordes de Lenguaje de mi piel y la dedicatoria de Roxanna —esta vez no solo a Elkin, sino también a Ozzy Osbourne, fallecido días antes— lo hicieron explícito. Una vez más, fuimos una sola voz cantando esta gran canción, celebrando al responsable de que, después de 40 años y aún tras su muerte, Kraken siga sonando, componiendo y tocando.

Finalmente, y como no podía ser de otra manera, el cierre fue con la canción que dio inicio a este proyecto hace ya 41 años: Todo hombre es una historia. En lo personal, este tema es mi brújula vital; mi vida se divide entre antes y después de haberlo escuchado por primera vez. Por eso, cada vez que lo oigo en vivo es como si fuera la primera. Ya con la voz rota y los pies destrozados, grité y salté con una canción que llevo grabada en el alma. Estoy seguro de que muchos otros en el público también.

Así, Kraken terminaba una presentación más en Bogotá, dándolo todo y dejando más que conformes a sus fans. Desde el fallecimiento de Elkin Ramírez, siempre que los he visto en vivo reflexiono sobre el hecho de que es un verdadero privilegio poderlos seguir viendo. Que hayan decidido seguir con una banda fundada y sacada adelante por una figura irreemplazable, a pesar de la nostalgia, a pesar de las críticas y comentarios de los cobardes de las redes sociales, a pesar de todo. Pero parece que no todos son conscientes de ello y suelen dar a Kraken por sentado, por lo que el apoyo siempre es menor al que merece una institución del rock colombiano con unos integrantes absolutamente virtuosos y profesionales.

Sueño con el día en que Kraken, sin una orquesta filarmónica detrás —algo que se dice fácil, pero que pocas agrupaciones del mundo han conseguido—, logre un sold out en Bogotá, algo que resultaba difícil incluso con Elkin Ramírez en vida. Entre tanto, seguiré apoyando a esta banda, a estos músicos que han marcado y siguen marcando mi vida, mientras no puedo hacer más que agradecer que Kraken siga viviendo, y ojalá lo hagan muchos años más.

lunes, 7 de abril de 2025

Reseña: Leo Jiménez en Bogotá, un reencuentro tras más de 10 años con aires de reconciliación

La última vez que Leo Jiménez visitó Colombia estaba en la cúspide de su carrera en solitario. Venía de gira celebrando 20 años de carrera musical, y la expectativa de lo que vendría en aquella presentación previa a su concierto en México —del que quedó registro videográfico— estaba más alta que nunca. Fue en esa gira donde las molestias en su garganta, de las que se venía hablando durante varios meses, se hicieron notorias justamente en Bogotá. Allí logró sacar adelante el concierto echando mano de la técnica vocal que lo hace uno de los mejores vocalistas en español del metal, de Carlos Expósito y del público que, fiel y entregado, actuó de corista en varios momentos.

Después de su presentación en Bogotá, llegó el concierto en Cali, donde no pudo cantar: ya su garganta no podía más. Afortunadamente, el público —con mal sabor de boca— fue la voz principal junto con Carlos Expósito, quien cantaba mientras tocaba la batería, y Leo fue un guitarrista más de su banda.

Tras ese concierto, con mucho esfuerzo, Leo logró sacar adelante la grabación de su DVD en México para completar lo que sería el material de celebración de sus 20 años de carrera. También se puso en duda su capacidad vocal y hubo toda una polémica alrededor de su profesionalismo y autocuidado. Tras 20 años tras el apocalipsis, vinieron 2 álbumes más, 4 sencillos, otro momento crítico con su voz en 2018 y una cirugía en su cuerda vocal derecha en 2022, de la que afortunadamente salió bien librado. En medio de todo eso, Leo Jiménez volvió un par de veces a Latinoamérica, pero no regresó a Colombia. En sus fans siempre quedó la sensación de que no volvía al país por temor a revivir los recuerdos de aquel diciembre de 2014, que supusieron tanta incomodidad para él.

Sin embargo, con Leo la espera no fue eterna. A finales del año pasado se anunciaba su regreso a Colombia, esta vez con la gira 30 años tras el apocalipsis, dando cuenta precisamente del tiempo que llevaba sin visitarnos. Para el caso de Bogotá, el encuentro estaba inicialmente planeado en el bar Ace of Spades —un lugar acogedor y con la calidad necesaria para brindar un buen espectáculo—, pero debido a la cantidad de boletas vendidas, la locación cambió al Auditorio Mayor de la CUN por su mayor capacidad (más de 2000 personas).

Por fin llegó el 4 de abril, y Leo Jiménez con su banda se reencontraría con el público bogotano después de 10 años. Tras la presentación de la banda telonera América —que cumplió con su función de ambientar la espera— y unas dificultades logísticas que atrasaron el inicio de la presentación alrededor de 15 minutos, sobre las 9:15 de la noche, Leo y su banda aparecieron en la tarima. Saludaron al público y prometieron que la pasaríamos «de puta madre» para, posteriormente, iniciar con los acordes de Desde niño —que, en lo personal, es una de mis favoritas de toda su carrera y una de las que facilitaron mi fidelidad y fanatismo con su voz—. Al final de la canción, quien escribe ya estaba sin voz.

El repertorio continuó con Con razón o sin razón de La factoría del contraste para cerrar el primer momento del concierto con Condenado —de su primer álbum en solitario, Títere con cabeza—. Después de estas primeras tres canciones, donde él y su banda («Los Leos») activaron a todos los asistentes con una puesta en escena inmejorable, Leo se tomó un par de segundos para volver a saludar al público: recordó que llevábamos mucho tiempo sin verlo y que, por eso, esa noche él y sus compañeros tratarían de compensar el tiempo de espera con una gran presentación.




Tras este pequeño saludo, Leo anunció que llegaría un himno. Nos pidió levantar los puños y preparar las voces porque llegaba Soy libertad —para mí, una de las canciones más exigentes a nivel vocal de toda su carrera—. Debo decir que, pese a los rumores y el secreto a voces acerca de su capacidad vocal, escuché en toda su presentación —sobre todo en esta canción— a un Leo que maneja su voz mejor que nunca. Quizás debido a sus 30 años de experiencia cantando, junto con sus dolencias y tratamientos, que siempre enseñan de la manera más difícil. Después vino La era de la individualidad, ejecutada de manera impecable por la banda. Siempre señalo la ironía de quienes deciden grabar esta canción, justo por ser una crítica franca y descarnada a la dependencia que tenemos de los dispositivos móviles, que nos alejan de vivir experiencias importantes, como un concierto.

Para este momento del concierto, quien escribe esta reseña estaba con la voz reventada y con toda la energía entregada a vivir el momento. Pero Los Leos habían prometido un gran show y no nos dejarían descansar el tiempo que estuvieran sobre el escenario. Por eso, inmediatamente después de un tema tan intenso como el anterior, llegó Volar —después de la introducción de Leo cantando el estribillo a capella—. Personalmente, Volar es la canción que más me gusta de toda su carrera, donde también plasma una calidad vocal impresionante que no decepcionó en su interpretación, haciéndonos olvidar la dedicada pero maltrecha última versión que vimos en Bogotá en 2014. Valga decir que yo disfruté tanto aquella como la que nos brindó Leo 10 años después. Para seguir recorriendo su época de 037, llegó Llévame, donde todo el auditorio se volvió una sola voz coreando esta gran balada.

Tras el respiro que todos pudimos tomar con esta canción, era momento de volver a la actualidad musical de Leo y recordar su último álbum. Anunció que tocaría Mesías: arrancó «la tralla» y yo no sabía por qué seguía con mi cuello intacto, si no había hecho más que moverlo durante casi una hora. La banda continuó con Cielo e infierno —primer sencillo de Leo después del parón musical obligatorio por la pandemia—, que interpretaron con gusto y soltura.

Leo tomó el micrófono y dijo: «Para este momento del concierto siempre pido un saludo para una banda a la que quiero mucho y que seguramente ahora mismo están en Madrid… Esa banda se llama Saratoga… ¿Queréis que toquemos una canción de Saratoga?». El público no pudo gritar más fuerte después de aquella pregunta. Así que Carlos Expósito, Cristian Juárez y Rufo Cantero empezaron a hacer sonar Vientos de guerra —la canción con la que Leo dio a conocer su voz a los fans de Saratoga—. Inmediatamente después de terminar esta canción, arrancó Perro traidor: un clásico no solo de Saratoga, sino del metal en español, y que, si bien no lo grabó Leo, se escuchó diferente tras su llegada a la banda. Durante estas dos canciones, el auditorio volvió a ser una sola voz con Leo. Continuando el recorrido por Saratoga —sin bajar la intensidad—, Los Leos tocaron No, un verdadero regalo para los fans de esta época. Veinte años después de su paso por la banda, no desconocemos la importancia de Leo en la consolidación del grupo, lo que hace difícil que hoy, casi dos décadas después de su salida, sea complicado no relacionar inmediatamente a Saratoga con Leo y viceversa. Para cerrar este recorrido y que todos pudiéramos respirar, Leo anunció que tocarían Parte de mí —la única balada de Agotarás—, volviendo a usar al público bogotano como corista de esta emotiva canción.

«No puedo creer que si tengo aquí al mismísimo batería de Stravaganzza… Si fiché para Los Leos al mismísimo bajista de Stravaganzza y estoy aquí con dos tíos que se saben todos los putos temas de Stravaganzza… No vayamos a tocar algo de Stravaganzza… ¿Queréis algo de Stravaganzza? Pues vamos a ello». Y así arrancó Grande, dedicado al productor Big Simon —artífice de la consolidación de muchas bandas de la llamada Nueva Ola del Metal Español—, una canción emotiva y contundente que Leo defendió vocalmente de forma impecable. Inmediatamente después, Cristian Juárez empezó un arpegio en su guitarra que solo significaba el inicio de Hijo de la luna —quizás la canción más popular de toda la carrera de Leo—. Sobra decir la ejecución magistral de Los Leos y la actitud del público.

Tras la consabida pausa para tomar energías y encarar la última parte del concierto, la presentación siguió con unas palabras de Leo resaltando el rol de los voluntarios en misiones humanitarias que, en muchas ocasiones, dan su vida por ayudar a los demás. Después de estas palabras, dio paso a Vuela alto de Animal solitario, brindándonos un último momento de emotividad tras 10 años de espera.

Después de este respiro, Leo tomó el micrófono para preguntar si el público estaba cansado. La verdad es que sí: tras casi dos horas de temas interpretados de manera impecable y con una energía envolvente, por lo menos yo y varios a mi alrededor estábamos exhaustos, pero con ganas de más. La negativa a la pregunta de Leo fue unánime. El último tema de Animal solitario que tocaría en la noche llegó con los primeros acordes de Misantropía: un tema festivo que no se corresponde con la letra de desencanto y agobio por la humanidad, y que Leo interpretó junto con el público bogotano. Otro tema recurrente en sus presentaciones en esta ciudad, al menos en las últimas tres.

Leo anunció un último regalo especial para la noche: por primera vez desde el lanzamiento del sencillo en 2023, tocaría en vivo Ficción o realidad. Si bien no todos conocían la canción, fue un tema perfecto para no bajar los ánimos tras casi dos horas de show lleno de canciones icónicas y una energía en tarima incomparable. Para finalizar una noche inmejorable, Leo jugó con el público bogotano a corear el estribillo de Es por ti —nada más y nada menos que el último bonus track con el que cierra La factoría del contraste—. Un tema famoso entre los hispanohablantes de finales de los 90 e inicios de los 2000, y que, como la mayoría de los covers de Leo Jiménez, su voz y sus arreglos hacen las canciones más disfrutables y, muchas veces, mejores que la original. Tras este gran tema —19 canciones y más de 10 años de espera—, Leo y su banda cerraron su presentación en Bogotá. Espero que lo hayan hecho con un mejor sabor de boca que la última vez y con un público alegre, satisfecho y agradecido.

Al salir del teatro, escuché a varias personas señalar, sobre todo, el gran espectáculo que dieron Los Leos, el gran nivel vocal de este cantante y también los habituales comentarios de que faltó tal o cual canción. Qué difícil resulta complacer a un público con un repertorio de casi 200 canciones durante más de 30 años de carrera. Por mi parte, solo puedo decir que fue un repertorio difícilmente mejorable y un espectáculo impresionante de inicio a fin. Espero que no vuelvan a pasar más de 10 años para volver a escuchar en vivo a la mejor voz del metal en español y que, más pronto que tarde, tanto Leo como Los Leos vuelvan a este país a entregarnos las canciones que nos quedaron debiendo el 4 de abril.

viernes, 1 de noviembre de 2024

Reseña: Kraken VII porque arriesgar no es olvidar

Ocho años después del lanzamiento del que en mi opinión es el mejor álbum de toda su trayectoria, Kraken lanzó VII (Los pasos del titán) que sobra decir puede tratarse del álbum más difícil de grabar y quizás el más arriesgado de la banda en sus 40 años de historia musical. El atreverse a componer, grabar y defender un trabajo discográfico sin el liderazgo de Elkin Ramírez a quien muchos incluso consideraban la totalidad de la banda debió poner en más de un aprieto y conflicto al sexteto ahora liderado en lo musical por Rubén Gelves y Luis Ramírez y que en las voces cuenta con Roxana Restrepo quien en estas nueve pistas inéditas empieza a dejar su huella vocal en la historia en la banda de rock más importante de Colombia de la que hace parte hace ya seis años, cifra que se dice con ligereza pero que no es nada despreciable teniendo en cuenta la polémica alrededor de la continuidad de Kraken posterior a la muerte de su cantante y fundador, aunado a la crítica que tanto el grupo de músicos como ella han recibido por continuar trabajando bajo el nombre de Kraken 

Sin más preámbulos ni contexto, doy paso a mi reseña y crítica a este álbum que ha vuelto a poner los focos del público del rock colombiano en Kraken. 

  1. 1. El Silencio del Marfil: contundente fue lo primero que pensé al escuchar el intro de la banda donde el hammond de Rubén Gelves es protagonista y que da paso a la voz de Roxana Restrepo que cumple con firme modestia su rol introductorio en esta canción, acompañada por guitarra, bajo y batería, un pequeño coro tras el cual el registro de la voz toma más protagonismo hasta dar paso a un estribillo que se instaura con facilidad en la memoria del oyente, una segunda estrofa precedida de una coral lirica, para dar paso a pasajes instrumentales y un breve pero contundente solo de guitarra para seguir con una transición acústica donde nuevamente la voz principal entra a tomar el protagonismo haciendo uso de una gran variedad de matices que juegan con un coro que respalda la dinámica de la canción. El estilo hard rock de la canción junto con la voz y los coros dan un aire a Jesucristo Superestrella que quizás estén influenciados por la trayectoria de Roxana Restrepo en el teatro musical y que claramente le resultan tan cómodos como se puede apreciar en este primer corte. Con un cierre igual de directo y contundente termina una canción más que propicia para abrir cualquier álbum de la banda. 

  1. 2. Quien sueña en cadenas: con una introducción más gradual pero igualmente directa que va tomando fuerza con el paso de los segundos arranca el segundo corte del álbum, la voz principal arranca con más firmeza y protagonismo que en la canción anterior, tras la primera estrofa una transición instrumental y vocal que dan paso a la segunda estrofa para posteriormente entrar a un puente que rompe en el estribillo, igualmente contundente, simple y recordable, con el detalle de incluir un pequeño pasaje del monólogo de Segismundo en el segundo acto de la obra de Calderón de La Barca, La vida es sueño que personalmente para quien escribe esta reseña le resulta sobrecogedor y grato. Un nuevo pasaje instrumental donde el teclado toma protagonismo, un puente que da paso a un punteo de guitarras con progresiones típicas de la última etapa de la banda, entrando nuevamente al estribillo que finaliza con un riff de guitarras que cierran la canción sin matices.  

  1. 3. Madrugada sin mar de lamentos: la banda da su primer respiro con un intro más gradual, así mismo la primera estrofa con la firme pero serena voz de Roxana Restrepo, con un estilo con más influencias al AOR e incluso al Kraken V que resaltan esa familiaridad en el estribillo de la canción donde resaltan las cualidades vocales de Roxana. Al ser una canción más tradicional dentro del hard rock las transiciones instrumentales son más bien escasas, no obstante, posterior a la tercera estrofa el solo de guitarra irrumpe recordando que Kraken es versátil, pero mantiene su identidad, al final da paso a un pasaje donde hay un diálogo entre el coro y la voz principal donde como en toda la canción es esta la protagonista. 

  1. 4. Hombre mito, hombre leyenda: el segundo sencillo del Kraken VII fue lanzado en 2021 y creo que es la canción que enlaza perfectamente la transición entre el álbum anterior y el actual, una canción contundente, donde los riffs de guitarra, el doble bombo y las progresiones son las protagonistas; junto con una voz contundente y una letra que muy fiel al estilo de Kraken y haciendo el debido homenaje y tributo a Elkin Ramírez abarca temas personales e introyectivos enlazados con una crítica social general. 

  1. 5. Lumbre: un arpegio limpio con un punteo con distorsión da paso a un riff y un coro que dan paso a un inicio rápido y de alto registro vocal, la canción es quizás la que más apunta hacia la nostalgia pudiendo sin problema alguno haber hecho parte de Kraken III, la perfecta armonía entre los riff y el teclado intercalados en dos solos a mitad de la canción rompen la estructura ortodoxa de la canción para pasar al estribillo y un pasaje instrumental ambientado en un grito de Roxana para acabar en seco. 

  1. 6. Sombra desnuda: realmente fue con esta canción lanzada en 2020 que los seguidores de Kraken supimos que ahora la voz de Roxana Restrepo sería la nueva dueña de las canciones que vinieran en adelante. Una canción serena, que pudo haber sido parte del Kraken VI y que alcanza su punto máximo de energía después de la segunda estrofa donde el solo de guitarra toma protagonismo para dar cierre con el estribillo de la canción y un pasaje instrumental similar al intro que escuchándola en retrospectiva puedo concluir que cumplió la nada fácil labor de ser un abrebocas de lo que la banda tenía entre manos, de lo que podían dar y querían hacer. 

  1. 7. Consecuente: una intro en teclados seguida por un riff de guitarra que da paso a una voz potente con el inicio de la primera estrofa atravesada por un pasaje con coros y un puente que por momentos parece recitado por la vocalista para dar paso al final de la estrofa y un estribillo que da inicio a un pasaje instrumental donde un riff lento termina con un solo de teclado hammond e inmediatamente una nueva estrofa, con un puente y otra estrofa para dar paso al estribillo con una variación al final para terminar con más fuerza musical y potencial vocal. 

  1. 8. El mar se calma: introducción limpia para que un punteo con distorsión ambiente la incorporación de toda la banda en un ritmo lento y pausado. Una vez entra la voz la velocidad y la potencia aumenta volviéndose una canción más identitaria con el trabajo de la última etapa de la banda, no sólo en el aspecto musical sino también en el lírico; es una canción donde predomina la guitarra eléctrica y la potencia voz con destellos del teclado a través de progresiones y cambios de ritmo que nos recuerdan que la esencia que ha mantenido a Kraken como la banda más importante del género en Colombia se mantiene. La canción termina con un estribillo que termina con un grito de Roxana para retomar el arpegio inicial. 

  1. 9. Los pasos del titán: último sencillo previo al lanzamiento del álbum y la esperada canción que homenajea a Elkin Ramírez fundador, cantante, letrista, último miembro original de la banda, responsable de que por 32 años Kraken no desapareciera y quien seguramente no murió hasta no tener la certeza de que después de su partida su banda seguiría activa. Intro con punteo de guitarra y arpegio de piano que da paso a la voz de Roxana quien inicia la primera estrofa solemne, pero sin timidez, a mitad de esta el resto de la banda se incorpora, la segunda estrofa da paso al puente que con un agudo inmejorable de Roxana Restrepo da inicio al estribillo, sentido, directo y recordable. Un pasaje de piano sobre la batería y el bajo que dan la entrada al punteo inicial sobre la base melódica de la canción. Una segunda estrofa que inicia dando un aire recitado para sobre el inicio del puente dar paso al solo de guitarra donde Andrés Leiva hace una exhibición de técnica y emotividad que concluye con el cierre de la canción de cuenta de varios estribillos para al final terminar con Roxana Restrepo cantando “cruz de piel...”   


Como comentario general no puedo decir más que es un álbum que mantiene la identidad que Kraken viene explorando en los últimos 15 años, da la impresión de que la banda se tomó el tiempo de trabajar cada canción buscando fortalecer los diferentes aspectos tanto líricos como musicales. El núcleo lírico es constante en el tema del rol del individuo en la sociedad actual y el rumbo que esta toma, el eterno llamado de la banda a tomar un rol más protagónico y trascendental en la vida e intentar cambiar en algo la cotidianidad que cada vez se torna más injusta, inhumana y agobiante, no obstante, esta constancia puede tornarse monótona con el paso de las escuchas, lo que encuentro como quizás el único punto débil de este trabajo.  Debo resaltar el rol de Roxana Restrepo y su calidad vocal que demuestra de sobra por qué es ella y nadie más quien defiende, conserva y contribuye con el legado de más de 40 años de Kraken 

Confirmo que Kraken no ha arriesgado ni arriesgará tanto como lo han hecho con este trabajo, pero como la fortuna sonríe a los valientes también estoy seguro que Kraken VII no será un álbum más en la historia de la banda y que para fortuna de muchos tampoco será el último, ahora vendrá el momento de defenderlo sobre los escenarios, siendo la primera prueba la presentación de la banda en Rock al parque.  

De poder escucharlo, puedo afirmar que Elkin Ramírez estaría disfrutando de este álbum tanto como los fans de la banda quienes entendemos que este nuevo ciclo sólo enaltece su legado y queremos continuar disfrutando de la música de Kraken hasta que el tiempo y la vida lo decidan. 

Calificación general 9/10 

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